martes, 25 de abril de 2017

Tierra escindida.

(Fue veintitrés de abril y mi Sant Jordi no fue en Barcelona, no tuve libro, ni tampoco rosa. Hace meses que no escribo y una bandada de golondrinas mudas va en mi búsqueda. En ocasiones las distancias no se salvan y los huecos son palpables. Una remera puede servir de hogar, pero también de precipicio. Las ausencias se multiplican, las dudas acechan. Cuánto tardará en extinguirse el olor de la tristeza.
Contemplar la amapola erguirse lentamente: ¿llegará algún día a abrirse por entero, se arrojará a la tierra, será alimento en la nada hecho o se alzará por fin el sueño? Capaz ya se convirtiera en plumaje y vuele alto, allí, a lo lejos.
Beso, sonrío, abrazo, me deshago, contemplo, confío, lloro, me entrego. Amo. Al fin y al cabo, esta carne es verdadera y nació para temblar, me digo. Nunca dejes de ser árbol, me ruego. Pero, por ahora, sólo una lágrima de savia baña mi corteza.

Hasta siempre, piloto. Un arrullo que alcance los rubíes carnosos de quien trajo glorioso la paz. Hvala, hvala, hvala.)

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